Recuerdo que en mi primera clase de ética el profesor declaró: "Si tuviera que elegir entre invertir en educación, salud o vivienda, yo elegiría vivienda, porque mejor vivienda significa mejor salud e incluso mejor educación".

Como estudiante de medicina y voluntario de la fundación Techo, dedicada a brindar soluciones habitacionales a familias viviendo en campamentos, esas palabras resonaron largo tiempo en mi cabeza, pues es indiscutible: salud, educación y vivienda no pueden separarse y potenciar una sobre las otras llevará siempre a resultados incompletos.

No obstante, podemos estar seguros de algo: la pobreza material es la más fácil de arreglar; son la falta de educación para la vida y los desórdenes psiquiátricos los que siguen corrompiendo tanto o más que hace medio siglo: nacen en el niño por la negligencia de sus padres; nacen en los padres por el estrés del endeudamiento; nacen en los obreros por un salario escuálido y miserable; nacen, en fin, del desinterés de una ciudad entera por tu infortunio.

La ansiedad y depresión resultantes terminan a menudo por ahogar toda esperanza de mejora, dejando mutiladas familias completas y perpetuando su pobreza en un círculo vicioso que puede tardar generaciones en romperse.

La verdadera educación es salud mental, y la palabra clave para enlazarlas, es prevención. El país debe entender que al mismo tiempo que debemos desarrollar un modelo económico que termine con las desigualdades, tenemos también que forjar, a través de la educación, mentes sólidas, resilientes, que no sufran las vejaciones de nuestros padres y abuelos. Solo así puede rescatarse a una familia de la pobreza, pues vivienda, educación y salud son los clavos de un mismo techo: el hogar. 

Lincoln Torres

Voluntario Fundación Techo

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Estudiante de Medicina de la Universidad Católica del Norte. Aficionado a la música y las letras.

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